
Ayer colgué en Facebook una foto de mi balcón-jardín. Supongo que algunos os habréis reído, porque tan poca cosa me infunda esperanza y la seguridad que como la primavera, la vida se abrirá paso.
Al escuchar la radio, sientes un nudo en la garganta, imagino que es como cuando se daban los partes de guerra. Cuesta mucho refrenar las emociones, sobre todo cuando los medios se recrean morbosamente, en el número de personas, en los ancianos que se pierden en residencias, que parecen tenebrosas. Entiendo que una de las realidades, que no nos dicen, es que hay protocolos, que muchos de estos lugares deben cumplir. Me resisto a creer que son acciones deliberadas, deseo pensar que son causas ajenas de estas empresas y de los cuidadores.
Trato de ver la parte más positiva, como los de una residencia en la que todos los trabajadores se quedan a sobrellevar el encierro con los ancianos, evitando las rotaciones.
Me quedo con la generosidad de las personas.
No me puedo quejar, mi madre está bien atendida en su propia casa. Mi hijo trabaja en beneficio de la Comunidad. El hombre de mi vida está junto a mi, compartiendo nuestros ratos de humor, nuestros lamentos, nuestro estrés. Además tengo mi balcón-jardín. Me gusta ver crecer las plantas, aunque sé que no tienen mucho espacio para desarrollarse.
Al ponerme en la piel de las personas que han fallecido, solas en la cama de un hospital, sin ningun ser querido que le acaricie en su último adiós, y de los que no pueden dar cumplida sepultura a los suyos, me entristece y me da apuro encontrar una veta de energía, de alegría, entre los tabiques de mi casa.
A tí que te sientes ahogado, no te rindas, busca una brizna de hierba, una sonrisa, un libro, una canción, o simplemente, rebusca en los cajones, seguro que tienen algo que te permita Resistir.
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