Este verano estuvimos en Galicia, una zona que no conocíamos.
El océano, el monte, la historia , la feria del pulpo, todo en armonía, en una sosegada paz, plena de luz y nieblas.
Hoy, al revisar las fotos, me he quedado parada ante la de una ventana por la que entraba la claridad. Dentro había oscuridad, negrura, susurro de los turistas. Un perro famélico nos seguía por el monasterio pero al llegar a esta sala, algo le impulso a salir, ni siquiera el olor de nuestros bocadillos pudo con sus miedos.
El instinto del animal le hizo escapar del lugar, mientras el halo de luz se colaba señalando las losas de los monjes, que dormían bajo el gratuito un sueño eterno.
En el instante que los turistas salieron de la sala, en el rayo de sol parecía flotar la mirada de una persona con mucha ira, el vello se me erizaba, pero no me podía mover, era como si algo me hubiese petrificado. Mi marido, que siempre se quedaba el último, para sacar la "foto", me tiró de la manga para que siguiéramos al grupo.
| Enlace a un vídeo del Monasterio de Osaria |
Sinceramente aún no sé lo que ví, pero sí lo que sentí: el odio incorruptible de un alma desamparada.
Durante la visita, el guía dijo que durante la guerra civil española, aquel hermoso lugar había sido utilizado como cárcel primero y hospicio, después.
Te dejo la foto, por si acaso a través de ella, tú también lo ves, porque yo sigo notándolo, cada vez que abro el archivo.







