Francisco Olmo observaba el monitor. Seguía lloviendo y aún quedaban dos
horas para terminar el servicio. No podía concentrarse en el informe que estaba
redactando. ¿Por qué era siempre lo mismo? Ponía la denuncia y al cabo de un
par de días venía a retirarla. Era tan absurdo, el tipo la marcaba todos los
sábados y el lunes, aunque fuera fiesta, como hoy, venía a quitarla.
Arancha tampoco había venido, hoy libraba y además el zote de su marido
había regresado del viaje, por tanto, no podría charlar con ella, después de
que satisficiera, su cada vez más pobre, deseo sexual y ella su necesidad de
escapar de la rutina familiar. Era una combinación que le hacia bien, no
necesitaba comprometerse a nada pero le ayudaba a poner en orden sus instintos
e incluso sus ideas. Arancha tenía una lógica aplastante con los hechos que sucedían en la comisaría, sobre todo, con
estos casos que se repetían día tras día. No era demasiado complicado pero sí,
eternamente aburrido. Era fácil hablar con ella. No quería nada de él, tan sólo
un polvo ocasional y una conversación prolongada entre las sábanas. Conocía a
casi todo el mundo y podía deducir las razones por las que se cometían los
delitos.
Aún no se había comprado el impermeable. El abrigo estaba calado, el
paraguas le mojaba la espalda y la manga derecha, pero no le apetecía ir de
tiendas. Llevaba cinco años en Tui y no había conseguido quitarse la desidia. Volver
a los orígenes no le había dado la paz que buscaba. Los amigos de antaño no
tenían tiempo para quedar: la esposa, los niños, el perro, el coche, cualquier
escusa era buena para no acudir a la cita, así que fue dejando de intentar salir
con ellos y se refugió en el bar de 1848, del que nunca logró aprenderse el
nombre, pero en el que se acoplaba al fondo, al lado del ventanal, ante una
coca-cola con whiskey, hasta que llegaba la hora de recogerse en su piso
alquilado, a las afueras del casco antiguo.
Cerró el ordenador, no había mucho que hacer. Apagó la luz y se despidió
del policía de guardia.
Sacudió el
paraguas mojado, lo dejó en el paragüero de la entrada y pidió
lo de siempre.
En su mesa
estaba sentado el único cura que conocía, en ocasiones se había preguntado si
sería una especie en extinción,
y no como cuando era niño y los veía pasear con sus sotanas. Había
pasado demasiado tiempo, ya ningún sacerdote
usaba esa vestimenta, incluso había desaparecido el alzacuellos. Si hacemos la excepción de
Don Fermín, que a pesar de su aparente juventud, presumía de forma ostentosa de su
alzacuello y de su inconfundible traje gris.
- Ni en Diciembre dejan de llegar los peregrinos y los turistas.
- ¿Cómo dice, Don Fermín?
- Hoy he visto varios peregrinos dirigiéndose al Albergue, y ciertamente no
puedo soportar esta transformación de la devoción en deporte.
- ¡Vamos, padre! – le costaba llamarle así, pero la tira blanca del cuello le
remontaba a su niñez, a los tirones de orejas que le había dado su padre por no
besar la mano de D. Ezequiel.
-No me lo podrá negar, la mayoría son jóvenes preparados con estupendas
botas de trekking , mochilas acolchadas. Le puedo asegurar que lo único que
saben del Camino de Santiago es que es una ruta verde.
- Supongo que habrá de todo, porque con la que está cayendo se necesita
tener fe.
- No voy a discutir con usted. A las pruebas me remito, cada vez hay menos
gente que venga a orar y muchos que van cargados con una máquina diabólica, el único fin de retratar la piedra. Algunos se
paran y algunos se dan cuentan que el pórtico de nuestra catedral tiene la
adoración de los Reyes, casi ninguno reza. La mayoría sólo busca la foto.
En este momento le resultaba muy difícil mantener la conversación. Don
Fermín no se había enterado que el Concilio de Trento había quedado obsoleto, y
que en el Concilio Vaticano II, Juan XXIII había abierto la iglesia, incluso se
atrevió a decir que hay más cosas que nos une que las que nos separa. No sería él,
quien le ayudara a informarse, total, ¿qué más da?
Se abre la puerta del bar y entra una pareja. El agua avanza con ellos. Van
cargados con una mochila, dos cámaras fotográficas. Saludan pero nadie les
contesta. Se sientan en una mesa ante un zumo y una cerveza sin alcohol.- ¡Qué
sanos!-
Comentan las impresiones digitales.
La mujer le recuerda a la suya. Si la mira lentamente, se da cuenta que es
un poco más bajita que Susana. Ambas llevan el pelo coloreado artificialmente.
Madrid, plaza de Castilla, juzgado de familia. La abogada de Susana pide la
palabra y comienza a acusarme de borracho, de ser incapaz de mantener a mis
hijos. Saca papeles y papeles que demuestran que me he gastado gran parte de mi
sueldo en el bar de la esquina. Expone que no estoy cualificado para educarlos.
¡Joder! Si casi son adultos, Juan tiene 18 años y Santiago va cumplir 16, ¿qué
cuidados necesitan? Ya se valen por si mismos para gastar todo lo que entra en
casa. De acuerdo están estudiando, pero lo único que han hecho toda su vida es
exprimirme. Susana me mira con asco, pero ¿por qué? La he tratado siempre como
una reina. La he amado con tanta fuerza que incluso me quedé ciego y no vi como
se iba separando de mí. Cada día llegaba más tarde del trabajo, cada día usaba
más perfume, cada día inventaba una historia para justificar los nuevos
vestidos. Aquí estoy, escuchando como me injurian. Mi abogado quiere decir lo
que descubrió de Susana, pero no es necesario, ya no quiero seguir más. Estoy
cansado. Además los chicos quieren estar con su madre. Ella les permite hacer
lo que quieren desde que está con el Atleta.
Don Fermín le tira del brazo y le saca de su ensoñación.
-Le estaba diciendo que tengo una prueba de lo que digo, ahí delante de
nosotros. Esos turistas han estado en la catedral. Me consta porque los vi,
cuando iba al convento de las hermanas Clarisas.
- ¿Sigue siendo el confesor de las Encerradas?
- Sí. La hermana Ángela está un poco delicada, aunque no pierde la sonrisa
ni la esperanza en Dios.
- Mi hermana mayor era muy amiga de Conchita. Creo que es la hermana
Concepción, la tornera, pero no he ido a verla desde que regresé.
¿Siguen haciendo los peces de almendra? Recuerdo que mi madre me dejaba
uno, envuelto en papel de celofán encima de la almohada, los días que mi padre se
le escapaba el cinturón.
Se levanta de la mesa y va a por otro whiskey, ahora sin Coca-Cola. Susana
se mezcla en su pensamiento y no le permite escuchar. Sería mejor marcharse,
encender un cigarro y dejar que el sueño le arrope.
Echa otro vistazo a la pareja y decide que no se parece en nada a Susana.
Se les ve tan felices, pero puede que sólo sea una pose. Puede que finjan para
poder sobrevivir, o puede que de verdad sean felices. Podría ser como ese tipo,
podría sonreír con ternura y retirar con delicadeza el pelo de la cara de
Susana. Podría sentir su calor entre las sábanas, notar el bulto de su cuerpo,
espalda contra espalda. Podría descubrir el sabor de sus besos dormidos,
podría…Tropieza con la silla y se disculpa. Nadie le contesta. Se toma la
bebida de un trago en la barra. Paga y se marcha. Se olvida de don Fermín. Se
olvida de la gente. Se olvida del paraguas y camina bajo la lluvia. Amanece encima de la colcha, con la ropa
arrugada y el alma mojada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por dejar tu comentario.