CAPÌTULO IX
Le
entrega los documentos para firmar, la mira, nota su aroma a perfume caro, ese
que no se puede permitir. El se lo ha regalado porque le gusta infravalorarla.
Esta
mañana no trae vaqueros. Lleva una falda corta, con unas medias color café. ¡Cómo
realzan sus pantorrillas!
Acerca
su nariz al pelo de la mujer y nota una excitación creciente.
-
¿Por qué no me contestaste al email?
-
Ya sabes que no siempre puedo. Me debo a mi madre y a mi
hijo. Me gustaría mucho volver atrás y suplicarte que te quedes conmigo, pero
ya no puede ser.
-
Creo que no llegaré a entender tu confusión.
-
No es confusión. Es deseo de tener un hogar, una casa,
unos hijos comunes. No haces más que presumir de tus hijas. Se me parte el alma
porque no son mías.
-
Podrías ser su hermana, nunca su madre.
-
No te esfuerces, sé que ellas lo son todo. No te quedaste
conmigo porque no podías consentir que desaparecieran de tu vida.
-
¿Qué sujetador llevas?
-
Uno deportivo, los de encaje, los he regalado. Nunca más
volveré a usarlos.
-
Te quedaba muy bien aquel tan fino el de gasa
transparente, bordado con florecillas violetas.
-
¿Vas a firmar los informes?
Saca
un bolígrafo Crows, del bolsillo interno de la americana. Garabatea y le
devuelve el papel, de tal manera que la obliga a pasar su cuerpo por encima del
suyo.
-
Vuelve conmigo.
-
¿Nos casamos?
-
Joder, no seas así. Sabes que mi hija pequeña está a
punto de hacerme abuelo y no puedo dejar a mi familia.
-
Bien.
Desaparece
del despacho llevándose la firma y un nuevo tiro en el alma.
No
sabe por qué puede amar a ese hombre.
¿Es por qué no quiere quedarse sola? Lo único cierto es lo que siente
cuando él la mira, pero no quiere aguardarle en el dormitorio, para luego esperar todo el fin de semana ,
mientras él ejerce de hijo, de marido , de padre y pronto de abuelo.
Es
mentira, no lleva el sujetador deportivo, lleva el de encaje azul, aquel que se
compró para su primera cita con él. El
día en el que se vieron en la cafetería del hotel, en la que sus miradas no
dejaban de acariciar y el deseo explotó como una carga de dinamita sin control
Subieron
a una de las habitaciones. No podrá olvidar nunca aquella vez. La primera que
su cuerpo se había comportado salvaje, sin moral. Persiguiendo una porción de
vida que desencadenó un triple orgasmo y
la necesidad de limpiar con su lengua el semen que corría por la polla bífida
de su jefe.
Tiró
los papeles sobre la mesa y una lágrima se escapó, traicionera. No era una puta
pero él la hizo sentir así.

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