miércoles, 28 de abril de 2021

"Lluvia, agua, lluvia". Capítulo vii bis


 Aquí te dejo el Capítulo VII bis de "Lluvia, agua, lluvia".

CAPÍTULO VII bis

La mochila pesaba demasiado, empapada  por la lluvia incansable. El chico no quería detenerse. Se había puesto como meta llegar hasta el Centro de Interpretación de la Naturaleza del monte Aloia. Su silueta se perfilaba en la incipiente niebla. Aceleró el paso. No parecía que hubiese nadie a la vista. Estaba cerrado. Se sentó en los escalones, sacó un bocadillo y recuperó fuerzas. Quería subir a la gran Cruz, e iba escaso de tiempo. De todas maneras su curiosidad le hizo desviarse por la senda botánica. La alfombra roja formada por las distintas hojas era como un gran charco de sangre que hubiesen dejado las yeguas preñadas por el viento y paridas en el colchón de aquel monte. Una sonrisa le cruzó la cara, escuchar leyendas de la gente ayudaba a la imaginación a dar cuerpo a lo que no estaba. Incluso le dio la impresión de ver un pequeño potro escondido tras el acebo. Al acercarse, la realidad se evidenció, tan sólo era un tronco. Una ráfaga de viento le levantó la capucha y sintió como si una extraña voz le exigiera que se fuera del lugar. Por un instante tuvo la tentación de correr, pero no podía ser tan tonto.

La niebla cubría el camino marcado por las cruces. Mucho más simples que las de Santa Tecla, pero impresionantes, carismáticas, religiosas, mágicas, como si estuviera en el plató del rodaje de una película de miedo, esperando que los vampiros asomaran o que una hermosa mujer, vestida de negro, aproximara sus labios fríos a los suyos. Casi se queda sin aliento al percibir una figura en la segunda cruz del camino. Sin duda se había dejado influir por el ambiente, allí no podía haber nada.

Se frotó los ojos y ahogó un quejido que pedía transformarse en grito. A la ladera del camino un muchacho parecía dormir, si no fuera porque su camisa estaba rasgada y coloreada con el color de la muerte. Apoyada en la segunda cruz, una joven, casi púber, parecía sostener la cruz, en un rictus doliente. La ropa estaba en el suelo, bien colocada. Un corte había seccionado sus pezones y un reguero de sangre manchaba la cara interna de sus piernas.

 

No se lo podía creer, en un mismo día, tres asesinatos. Es como si todos se hubiesen vueltos locos. Locos de sangre, locos de ira, como si un fuerte olor a miedo hubiese envuelto a los agentes. Arancha le miraba buscando consuelo en su experiencia. Paco Olmos no sabía que decir, ni siquiera se le hubiese planteado tener un caso así en un sitio como Tui. Tenía ganas de huir hacia delante y que otro intentará dar sentido a la situación. Aquella muchacha estaba masacrada, el tipo se había entretenido en hacerla daño con saña, ni siquiera a Sade se le hubiese ocurrido matar con tanto dolor. En esas series de la tele hubiesen realizado un perfil del criminal basado en un trauma infantil, pero él no tenía tiempo, tan sólo quería atrapar al cabrón y si le daba opción para meterle una bala entre ceja y ceja, no lo dudaría, un monstruo menos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por dejar tu comentario.