CAPITULO VII
Amanece un
nuevo día, una caricia de la viuda de don Cosme le despierta. Está cansado,
necesita dormir, pero tiene que acompañarla a misa.
Era tan
emocionante cuando a escondidas le mandaba un sms, cuando cifraba los
contenidos tratando de que nadie se diera cuenta que mientras jugaba al mus,
ella le decía que se acariciaba pensando en él.
Estaba tan
sola, tan lejos de su aliento, entendiendo que cada fin de semana él disfrutara de su
familia, de sus amigos, ¿se podía pedir más prueba de amor? Estaba convencido
que ella comería de sus manos, si se lo propusiese, siempre la dejaba con su
soledad y el se marchaba a casa, totalmente convencido de que era
imprescindible para esa mujer Le
regalaba su atención, su masculinidad ¿qué más podía querer? Pero le
dejó sin dejarle, le abandonó sin marcharse. El decidió mantener su rutina, su
vida bien asentada, porque ella seguiría esperándole, pero se equivocó. Tuvo
que darle rienda y soltar amarras, debía mostrarse generoso, pero, ¿por qué
ella renunció a él? ¿Por qué no puede despertar
entre sus muslos?
Ahora, le
llega su imagen y la satisfacción de
gobernarla, de someterla. Sabía que si
la llamaba, correría a su encuentro
aunque ahora no permitía que la tocase. Hablaban de enamoramiento, de sentimientos
corporales, se cruzaban miradas pero no conseguía que le dejase descargar su
deseo. Colocaba una pantalla de discreción, de puritanismo, de respeto a él,
¡valiente excusa! y lo aceptaba, pero lo hacía sabiendo que tenía el poder. Era bueno sentirse tan adorado. No podía
remediar oler su perfume, percibir sus ojos, enmarcados por las patas de gallo
que le daban ese toque de madurez ingenua.
-
Enrique, la paz sea contigo.
-
La paz sea contigo, madre.
Aterrizar en
el salmo: La mujer de Lot se volvió hacia Sodoma, transformándose en una
estatua de sal.
Sodoma, que
ciudad tan interesante, muchachos lascivos, prostitutas adoradoras de no sé que
dios, al que consagraban sus orgías. Divina Sodoma, que tiempos maravillosos en
los que el hombre respetaba lo “único” y no se escondían tras falsas
hipocresías.
Mira a su
alrededor, la mayoría son parejas cincuentonas, que han olvidado lo dulce que
puede ser una bañera compartida, más que nada porque ya no caben en ella.
Amnesia porque sueña con el imberbe amigo de su hijo o con la
tía buena del bar de la esquina. O tal vez. Han dejado de soñar, como le había
pasado a él hasta que la encontró.
Aún sin
tenerla, sin acercarse a ella, le daba ese soplo de vida que le hacía sentir
que a pesar de la edad, era joven. Era su dios. Construía escenas que nunca
había vivido, inventaba historias en la que besaba los ojos aún dormidos,…
Allí estaba
Maruja, la mujer de Ismael, seguía teniendo un buen polvo a pesar de sus
cincuenta años. ¿Se dejaría seducir? ¿Se sentiría admirada, halagada, si lo
intentaba? No parecía que Ismael se preocupara mucho, estaba junto a ella, pero
su lenguaje corporal indicaba que hacía tiempo que cada uno seguía un camino
distinto. Ella iba correctamente maquillada, muy arreglada, como correspondía a
una fiesta de guardar, pero los botones de la camisa estaban excesivamente
abiertos, dejando ver un generoso canalillo. La falda estaba recogida
discretamente pero al sentarse permitía ver gran parte de sus muslos. Se debió
dar cuenta que la observaba, porque cambió la posición de sus piernas, dejaron
de esta cruzadas para abrirse levemente. Puede que también se sintiera poco
deseada, y necesitara de lo que el podía ofrecerle.
Cruzaron la
mirada en el momento que el sacerdote bendecía la hostia sagrada.
Se colocó
detrás de ella en la cola de la comunión. Consiguió que hubiera un roce casual
pero tan significativo, que sintió como reaccionaban sus gónadas y comprobó
como Maruja dejaba acoplado su trasero mientras avanzaba. Le respiró en la nuca
y comprobó como se le erizaba la piel del brazo.
Podría
probar, pero estaba demasiado cerca de su territorio, lugar donde era mejor no cazar.
Aquella
semana tenía que ir a una reunión a un pueblo de Pontevedra. No tenía muchas
ganas pero la gente del partido le había concertado un curso de formación. Ser
ponente tenía ciertas ventajas, siempre había alguna muchachita dispuesta a
escuchar sus penas matrimoniales, y en ocasiones hasta conseguía algún
consuelo, pero no le apetecía nada tener que ir hasta Tui. Si al menos le
hubiesen mandado a un lugar más cálido, seguro que las feligresas irían bien
abrigadas y escondidas bajo el paraguas.
La
convención era en el Parador. Un sitio cómodo y agradable, con pinta de Pazo
señorial, aunque recordaba que siempre le pareció demasiado artificial.

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