martes, 27 de abril de 2021

"Lluvia, agua, lluvia." Capítulo VII

Hay momentos en los que me desilusiono. Pienso que abuso de tu paciencia al pedirte que lo leas, pero  supongo que para eso son los amigos.

 

CAPITULO VII

Amanece un nuevo día, una caricia de la viuda de don Cosme le despierta. Está cansado, necesita dormir, pero tiene que acompañarla a misa.

Era tan emocionante cuando a escondidas le mandaba un sms, cuando cifraba los contenidos tratando de que nadie se diera cuenta que mientras jugaba al mus, ella le decía que se acariciaba pensando en él.

Estaba tan sola, tan lejos de su aliento, entendiendo  que cada fin de semana él disfrutara de su familia, de sus amigos, ¿se podía pedir más prueba de amor? Estaba convencido que ella comería de sus manos, si se lo propusiese, siempre la dejaba con su soledad y el se marchaba a casa, totalmente convencido de que era imprescindible para esa mujer Le  regalaba su atención, su masculinidad ¿qué más podía querer? Pero le dejó sin dejarle, le abandonó sin marcharse. El decidió mantener su rutina, su vida bien asentada, porque ella seguiría esperándole, pero se equivocó. Tuvo que darle rienda y soltar amarras, debía mostrarse generoso, pero, ¿por qué ella renunció a él? ¿Por qué no puede despertar  entre sus muslos?

 

Ahora, le llega  su imagen y la satisfacción de gobernarla, de someterla.  Sabía que si la llamaba,  correría a su encuentro aunque ahora no permitía que la tocase. Hablaban de enamoramiento, de sentimientos corporales, se cruzaban miradas pero no conseguía que le dejase descargar su deseo. Colocaba una pantalla de discreción, de puritanismo, de respeto a él, ¡valiente excusa! y lo aceptaba, pero lo hacía sabiendo que tenía el poder.  Era bueno sentirse tan adorado. No podía remediar oler su perfume, percibir sus ojos, enmarcados por las patas de gallo que le daban ese toque de madurez ingenua.

 

-       Enrique, la paz sea contigo.

-       La paz sea contigo, madre.

 

Aterrizar en el salmo: La mujer de Lot se volvió hacia Sodoma, transformándose en una estatua de sal.

Sodoma, que ciudad tan interesante, muchachos lascivos, prostitutas adoradoras de no sé que dios, al que consagraban sus orgías. Divina Sodoma, que tiempos maravillosos en los que el hombre respetaba lo “único” y no se escondían tras falsas hipocresías.

 

Mira a su alrededor, la mayoría son parejas cincuentonas, que han olvidado lo dulce que puede ser una bañera compartida, más que nada porque ya no caben en ella. Amnesia  porque  sueña con el imberbe amigo de su hijo o con la tía buena del bar de la esquina. O tal vez. Han dejado de soñar, como le había pasado a él hasta que la encontró.

Aún sin tenerla, sin acercarse a ella, le daba ese soplo de vida que le hacía sentir que a pesar de la edad, era joven. Era su dios. Construía escenas que nunca había vivido, inventaba historias en la que besaba los ojos aún dormidos,…

Allí estaba Maruja, la mujer de Ismael, seguía teniendo un buen polvo a pesar de sus cincuenta años. ¿Se dejaría seducir? ¿Se sentiría admirada, halagada, si lo intentaba? No parecía que Ismael se preocupara mucho, estaba junto a ella, pero su lenguaje corporal indicaba que hacía tiempo que cada uno seguía un camino distinto. Ella iba correctamente maquillada, muy arreglada, como correspondía a una fiesta de guardar, pero los botones de la camisa estaban excesivamente abiertos, dejando ver un generoso canalillo. La falda estaba recogida discretamente pero al sentarse permitía ver gran parte de sus muslos. Se debió dar cuenta que la observaba, porque cambió la posición de sus piernas, dejaron de esta cruzadas para abrirse levemente. Puede que también se sintiera poco deseada, y necesitara de lo que el podía ofrecerle.

Cruzaron la mirada en el momento que el sacerdote bendecía la hostia sagrada.

Se colocó detrás de ella en la cola de la comunión. Consiguió que hubiera un roce casual pero tan significativo, que sintió como reaccionaban sus gónadas y comprobó como Maruja dejaba acoplado su trasero mientras avanzaba. Le respiró en la nuca y comprobó como se le erizaba la piel del brazo.

Podría probar, pero estaba demasiado cerca de su territorio, lugar donde era mejor no cazar.

 

Aquella semana tenía que ir a una reunión a un pueblo de Pontevedra. No tenía muchas ganas pero la gente del partido le había concertado un curso de formación. Ser ponente tenía ciertas ventajas, siempre había alguna muchachita dispuesta a escuchar sus penas matrimoniales, y en ocasiones hasta conseguía algún consuelo, pero no le apetecía nada tener que ir hasta Tui. Si al menos le hubiesen mandado a un lugar más cálido, seguro que las feligresas irían bien abrigadas y escondidas bajo el paraguas.

La convención era en el Parador. Un sitio cómodo y agradable, con pinta de Pazo señorial, aunque recordaba que siempre le pareció demasiado artificial.


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