lunes, 26 de abril de 2021

"Lluvia, agua, lluvia."Capítulo VI

Parador de Tui

Hola, no te he avisado que me tomé el fin de semana de descanso. La fuerza de la costumbre de usar el fin de semana para limpiar, hacer la compra, planchar, en definitiva, "descansar".

Espero que tengas ganas de seguir con el relato.


CAPITULO VI

Encima de la papelería vive la viuda de don Cosme, tiene ya ochenta años, se vale muy bien, eso dicen sus vecinas. Su hijo viene casi todos los fines de semana de la capital. Muchas veces llega sin compañía, la familia se queda en Madrid. Ser hijo único tiene ese inconveniente hay que venir a cuidar de la vieja pero también es un buen pretexto para estar en comunión con sus pensamientos.

Es extraño sentir que el cuerpo no responde, cuando uno quiere, es como si estuviera el botón de inicio en off. El momento espectacular de la excitación, de la electricidad recorriéndote las entrañas  aparece cuando ellos gritan, lloran, y piden perdón por existir. Ella tiene la culpa.

La última tenía ese no sé qué, que despierta la persona conocida, llegó a confundirla con ella, un lanzazo de alegría sádica. Su larga melena con mechas discretas de peluquería, su cuerpo no demasiado delgado, no demasiado grueso, pero tampoco espectacular, de mujer madura que va entrando progresivamente en la vuelta sin retorno de la menopausia. La necesidad de sentirse joven y capaz de saltar las barreras que nunca antes su hubiera permitido. Se ha dado la autorización benévola del carpen die. Un divorcio, y un “la vida es corta, hay que vivirla”. Jugó con ella como el mejor de los galanes, reconociéndole que estaba casado pero que ella lo era todo para él. Incauta que consiguió obsesionarle.

No cabía en sí de gozo cuando le demostraba sus celos, cuando ella le decía que se marchaba de viaje con sus amigas. La presionaba, la ponía entre la espada y la pared. ¿Seguro que vas con tus amigas? ¿No irás con ese tipo, con el que fuiste a ver la exposición de Sorolla? Ante tal grado de presión ella terminaba justificándose ante él de algo imaginario. Lo que le permitía señalarle que “excusa no pedida, culpa manifiesta”. La hacía desconfiar de sí misma, la asustaba, hasta tal punto que ella trataba de calmarlo. Provocaba  escenas que nunca se le hubiese ocurrido que podría representar. Era increíble, nunca había sentidos orgasmos así.  Dominar, el temor a quedarse sola, mostrarle que la podía dejar, que no era tanto su atractivo y que si su ex, la había abandonado, a lo mejor era porque había perdido  la juventud. Era fácil hacerla creer que ya no la querría nadie. Encontrarle a él había sido la última oportunidad de su femineidad.

Recuerda la vez que la indujo a que le  penetrara analmente con los dedos. Reconoce que sintió el mayor placer del mundo, pero le daba verdadera aprensión, él no era ningún maricón, pero “esto lo hago por ti, para demostrarte lo mucho que te quiero”.

Lo que nunca pudo imaginar que acabaría necesitándola, que no volvería a estar cerca de ella pero tampoco lo suficientemente lejos como para olvidarla. Ella se convirtió en su reconstituyente, en su magia, pero también en lo inalcanzable porque no quieres alcanzarlo. En el fantasma que se fundía  en su esposa cuando realizaban el coito, el que cambiaba su cara por la de ella y el que le hacía masturbarse con nocturnidad y alevosía en el cuarto de baño de su casa, mientras un suspiro se escapaba del lecho matrimonial, fingiendo dormir y no queriendo saber.

 

La jodida vieja no termina de dormirse. Debe haberse hecho inmune al orfidal.  Quiero salir.

Cerro la puerta tras de sí, mientras el pantalón marcaba un pequeño rondel a la altura de la bragueta que se elevaba formando una seudo tienda de campaña, como le gustaba decir, con la prepotencia del macho alfa. No está mal, aún era un HOMBRE. Pensar en ella es un afrodisíaco, sentir la sangre caliente, un verdadero clímax.

Se dirigió  a la orilla del río. Se cruzó con una caminante, que se sumergió en el abrigo al pasar junto a él.

Recuerda sus labios equívocos, que permitían sin permitir y prohibían sin prohibir. Aquella sonrisa que le rejuvenecía el rostro, le provocaba.

Jugar con ella le había despertado el deseo de estar por encima de todo lo establecido, podía y lo haría.

En el pinar, antes de llegar al río, estaba aparcado un coche. Siguió las huellas hasta una embarcación atracada en la orilla, donde dos jóvenes recobraban el aliento después de un encuentro a la luz de la luna.

Con la velocidad de la luz, con un movimiento rápido rompió la traquea del muchacho. Ella muda, le miraba, trataba de gritar. La besó con tanta ira que sus dientes desgarraron el labio inferior. La abrazó con tanta fuerza que la caja torácica  crujió en una armonía de huesos rotos. La penetró con tanta rabia que erosionó su vagina. Poco a poco ella se fue resbalando y se quedó sentada en la embarcación. La vida se le escapaba y él no dejaba de acariciarse. Una explosión de placer, el semen demasiado líquido rebosaba el preservativo. Miró alrededor, encendió el mechero, no había dejado ningún rastro. Ni siquiera la saliva en los labios de ella podría ser recogida. Con calma y cautela la tomo en brazos y la lavó, concienzudamente, sin olvidarse ni siquiera por debajo de sus uñas. A veces, es instructiva la televisión.

El coche de la pareja no estaba lejos, así que fue a por él, los colocó en el asiento de atrás y empujo el vehículo hacia el agua.


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