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| Parador de Tui |
Espero que tengas ganas de seguir con el relato.
CAPITULO VI
Encima de la
papelería vive la viuda de don Cosme, tiene ya ochenta años, se vale muy bien,
eso dicen sus vecinas. Su hijo viene casi todos los fines de semana de la
capital. Muchas veces llega sin compañía, la familia se queda en Madrid. Ser
hijo único tiene ese inconveniente hay que venir a cuidar de la vieja pero
también es un buen pretexto para estar en comunión con sus pensamientos.
Es extraño
sentir que el cuerpo no responde, cuando uno quiere, es como si estuviera el
botón de inicio en off. El momento espectacular de la excitación, de la
electricidad recorriéndote las entrañas
aparece cuando ellos gritan, lloran, y piden perdón por existir. Ella
tiene la culpa.
La última
tenía ese no sé qué, que despierta la persona conocida, llegó a confundirla con
ella, un lanzazo de alegría sádica. Su larga melena con mechas discretas de
peluquería, su cuerpo no demasiado delgado, no demasiado grueso, pero tampoco
espectacular, de mujer madura que va entrando progresivamente en la vuelta sin
retorno de la menopausia. La necesidad de sentirse joven y capaz de saltar las
barreras que nunca antes su hubiera permitido. Se ha dado la autorización benévola
del carpen die. Un divorcio, y un “la vida es corta, hay que vivirla”. Jugó con
ella como el mejor de los galanes, reconociéndole que estaba casado pero que
ella lo era todo para él. Incauta que consiguió obsesionarle.
No cabía en sí
de gozo cuando le demostraba sus celos, cuando ella le decía que se marchaba de
viaje con sus amigas. La presionaba, la ponía entre la espada y la pared.
¿Seguro que vas con tus amigas? ¿No irás con ese tipo, con el que fuiste a ver
la exposición de Sorolla? Ante tal grado de presión ella terminaba
justificándose ante él de algo imaginario. Lo que le permitía señalarle que
“excusa no pedida, culpa manifiesta”. La hacía desconfiar de sí misma, la
asustaba, hasta tal punto que ella trataba de calmarlo. Provocaba escenas que nunca se le hubiese ocurrido que
podría representar. Era increíble, nunca había sentidos orgasmos así. Dominar, el temor a quedarse sola, mostrarle
que la podía dejar, que no era tanto su atractivo y que si su ex, la había abandonado,
a lo mejor era porque había perdido la
juventud. Era fácil hacerla creer que ya no la querría nadie. Encontrarle a él había sido la última oportunidad de su
femineidad.
Recuerda la
vez que la indujo a que le penetrara
analmente con los dedos. Reconoce que sintió el mayor placer del mundo, pero le
daba verdadera aprensión, él no era ningún maricón, pero “esto lo hago por ti,
para demostrarte lo mucho que te quiero”.
Lo que nunca
pudo imaginar que acabaría necesitándola, que no volvería a estar cerca de ella
pero tampoco lo suficientemente lejos como para olvidarla. Ella se convirtió en
su reconstituyente, en su magia, pero también en lo inalcanzable porque no
quieres alcanzarlo. En el fantasma que se fundía en su esposa cuando realizaban el coito, el
que cambiaba su cara por la de ella y el que le hacía masturbarse con
nocturnidad y alevosía en el cuarto de baño de su casa, mientras un suspiro se
escapaba del lecho matrimonial, fingiendo dormir y no queriendo saber.
La jodida
vieja no termina de dormirse. Debe haberse hecho inmune al orfidal. Quiero salir.
Cerro la
puerta tras de sí, mientras el pantalón marcaba un pequeño rondel a la altura
de la bragueta que se elevaba formando una seudo tienda de campaña, como le
gustaba decir, con la prepotencia del macho alfa. No está mal, aún era un
HOMBRE. Pensar en ella es un afrodisíaco, sentir la sangre caliente, un
verdadero clímax.
Se dirigió a la orilla del río. Se cruzó con una
caminante, que se sumergió en el abrigo al pasar junto a él.
Recuerda sus
labios equívocos, que permitían sin permitir y prohibían sin prohibir. Aquella
sonrisa que le rejuvenecía el rostro, le provocaba.
Jugar con
ella le había despertado el deseo de estar por encima de todo lo establecido,
podía y lo haría.
En el pinar,
antes de llegar al río, estaba aparcado un coche. Siguió las huellas hasta una
embarcación atracada en la orilla, donde dos jóvenes recobraban el aliento
después de un encuentro a la luz de la luna.
Con la velocidad de la
luz, con un movimiento rápido rompió la traquea del muchacho. Ella muda, le
miraba, trataba de gritar. La besó con tanta ira que sus dientes desgarraron el
labio inferior. La abrazó con tanta fuerza que la caja torácica crujió en una armonía de huesos rotos. La
penetró con tanta rabia que erosionó su vagina. Poco a poco ella se fue
resbalando y se quedó sentada en la embarcación. La vida se le escapaba y él no
dejaba de acariciarse. Una explosión de placer, el semen demasiado líquido
rebosaba el preservativo. Miró alrededor, encendió el mechero, no había dejado
ningún rastro. Ni siquiera la saliva en los labios de ella podría ser recogida.
Con calma y cautela la tomo en brazos y la lavó, concienzudamente, sin
olvidarse ni siquiera por debajo de sus uñas. A veces, es instructiva la televisión.
El coche de la pareja no
estaba lejos, así que fue a por él, los colocó en el asiento de atrás y empujo
el vehículo hacia el agua.

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