Hoy no sabía si seguir con mi cuento, me da vergüenza que en el día de MAESTROS de la Literatura, siguiera publicando mi relato. Al final se impuso mi deseo de mantener vivo "Lluvia, agua, lluvia", mientras tú lo lees.
CAPÍTULO V
Una noche cualquiera,
caminaban, comentaban el concierto de Luz Casal. Sus manos se entrelazaban y
aún tenían en su oído el gusanillo de la última canción.
Madrid parecía amontonar
a la gente en la plaza Mayor, mientras Carretas estaba desierta.
Un muchacho con aire
extranjero, recorría las mesas buscando la donación de un cigarrillo, completando la cajetilla vacía.
Una sombra acechaba a la
pareja, que ajena al mundo sólo veían el
brillo de sus miradas.
Un odio bestial cruzó el
espacio y sintieron que el aire se cargaba de energía negativa, un escalofrío
recorrió la espalda femenina que se acurrucó, por un instante, entre los brazos
de su hombre.
Un olor a dolor, un
grito mudo despertó el instinto de conservación que les hizo detener el paso y
mirar a diestra y siniestra.
No había nada, tan sólo
las tinieblas que la farola no conseguía vencer.
Distraer la mente y se
bloquea el peligro, ambos retomaron el tema de las canciones de Luz,
El 23 hizo su aparición,
justo en el momento que el olor se convertía en una oleada nauseabunda de
pánico.
La felicidad de los
demás le quemaba el alma, si es que alguna vez tuvo psique, o lo que fuera, que
diferenciara a los animales y a este
depredador racional.
Esta vez no ha podido
cazar a esos estúpidos que presumían amor, pero el enojo que le corroe es tal
que no puede parar. Un quejido gutural, un charco de sangre, un perro menos en
la gran ciudad.
Sentado ante el
televisor mira a su mujer que acaba de acomodarse en el sofá. El tiempo no le
ha hecho justicia, está tan estropeada que cada vez es más obvio
que sólo existe un final. Está
solo entre la multitud, dos hijas, tan
ejemplares, tan buenas estudiantes, tan completas.
No siente las caricias,
es como un mordisco cuando nota que ella le pasa la mano por la nuca. Le asquea
cuando observa como se le dulcifica la mirada buscando un poco de ternura. Le
gustaría gritarle a la cara que por su culpa no puede tener a la que ama, a la
que desea, con la que una vez consiguió alcanzar la gloria del orgasmo
infinito, el placer del macho potente, del macho admirado. La que le hizo
sentir como si la tierra se hubiese creado con el único fin de darle la
ambrosía de su sexo. Únicamente una vez.Le
dijo que no quería sentirse moralmente responsable de romper su familia.
Ella tiene la culpa de
que no pueda sentirla entre sus brazos, que la mire y solo sus ojos la
acaricien, que poco a poco, le haya dejado tras la mesa del despacho.
Es mejor no pensar, no
sentir. El artículo de periódico terminaba con la frase “merece la pena seguir
viviendo”, tal vez sí, tal vez no, pero ¿merece la pena seguir fingiendo? ¿De
qué sirve una estética que no comprende? Está claro que los momentos pasan muy deprisa. La vejez se va abriendo
paso, las manchas en la piel, las arrugas en la cara y la erección que necesita
un esfuerzo extra. Se observa unas gotas de sangre en la camisa.
-
¿Dónde vas?
-
Estoy cansado, ya he visto esta película. Me voy a la cama a
leer un poco.
Entra en el
cuarto de baño, frota la camisa con agua fría, la arrebuja y la mete en la
lavadora. Abre el libro y la recuerda, siente un estremecimiento especial en su
entrepierna, se refugia en la última palabra, la dulzura de su perfume, revive
cada instante, fotograma a fotograma para no perder lo que ya no recuperará
jamás.

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