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| El fusilamiento del 2 de Mayo. Goya |
CAPÍTULO XI
Le faltaban dos
camisas, ¿dónde las habría echado? No era la primera vez que venía de un viaje
sin alguna prenda. Faltaba la camisa de seda, era increíble, ¿cómo puede
olvidarse de una prenda tan cara? Sobre
todo porque se la había regalado por el aniversario de boda. Parecía que le
había hecho mucha ilusión. Hubo una temporada que se la ponía hasta para ir a
mear, y ahora se la olvida en un Parador.
A lo mejor, si llamaba, podría recuperarla.
-
Amor, ¿tienes el teléfono del Parador? Voy a preguntar si
han encontrado tu camisa de seda.
-
No, no llames. He tirado la camisa.
-
¿Por qué?
-
Se me enganchó en el pomo de la puerta y se rasgó toda la
manga. Así que, para que no te disgustaras, la tiré.
-
¿Y la azul?
-
Se la presté a un compañero porque se manchó la suya con
salsa de tomate. Cuando le vea se la pido.
Le
miró tratando de descubrir en que parte había empezado a tomarla por una
ingenua o peor por una idiota. Era demasiado pero…
Sonó
el teléfono. Era el marido de su hija.
-
Elena está de parto.
-
¿ Cómo no me has llamado antes’
-
Pensamos que nos mandarían a casa, porque no tenía
contracciones, pero al monitorizarla han descubierto que el bebé está
sufriendo, así que han decidido provocarle el parto.
-
Ahora mismo vamos,
¿Vienes?
Elena, está de parto.
Cogió
las llaves del coche sin decir palabra.
-
Le han tenido que hacer una cesárea, el niño es muy grande
y ella no dilataba lo suficiente.
No
es posible. Soy joven, no soy un abuelo. Miraba la preocupación de su mujer y
su yerno. Elena estaba en el quirófano y sólo pensaba en lo injusto que era el
destino. ¡No quería, no podía, no debía, ser abuelo!
¿Cómo
iba a seducirla? ¿Cómo despertaría sus instintos? ¡Viejo chocho!
Mantuvo
el tipo, preocupándose por su hija. Alegrándose cuando el médico dijo que todo
había ido bien. Puso cara de almíbar cuando le enseñaron el niño a través de
las ventanas de neonatos.
Siempre
se le había dado bien fingir. Nunca había experimentado ningún sentimiento,
salvo el de la dominación por el sexo. Aquella criatura arrugada, con la nariz
aplastada, era el principio de su fin.
Besó
a Elena con dulzura, con intenso deseo de estrangularla, solo evidenció un
ligero estremecimiento, que todos achacaron a la emoción de ser abuelo.
Hoy
tenía que salir de caza, sí o si.
Con
la excusa de que se había dejado la luz del baño encendida, salió del hospital.
Se acercó a la calle donde algunas meretrices sonreían a los hombres y a las
mujeres con su dentadura deteriorada por las drogas.
Le
pagó a una y se metieron en un portal, donde no llegaban las cámaras de
vigilancia. Sin mediar palabra, la arrinconó contra la pared. Le agarró del
pelo y la penetró analmente con toda la fuerza que le daba el asco. Sacó el
preservativo que se había confeccionado, todo adornado con trozos de cristal y
púas de acero. La ensartó, mientras le tapaba la boca y la nariz. La muchacha
se quedó apoyada en la pared, mientras un reguero de sangre, brotaba de su femineidad. Entró en un gran almacén y se compró la misma
ropa que llevaba. Se cambió en los aseos y con gran cuidado recogió todo.
Sabía
que había sido descuidado, alguien podía haberle visto, pero dudaba que nadie se
preocupara por la puta.
Mandó
un email
“Querida
mía, necesito tus besos, tus abrazos, No puedo vivir sin ti. La dejo y nos
vamos lejos, muy lejos. Tu y yo.”
No
sé porque la escribo, no me va contestar. Sabe perfectamente que no voy a
renunciar a mi estatus pero al menos podría interesarse con mis propuestas.
No
sabía que al otro lado de la línea una mujer lloraba, luchando contra sus intimaos
deseos de estar con él. Su orgullo hubiese crecido tanto que no hubiese
necesitado ningún otro orgasmo.

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