CAPÍTULO XIV
Paco
Olmos, el mejor policía de su promoción. La mejor nota como investigador. No
puedo descubrir ni una puta pista.
Otro
trago, la botella número uno, rueda por el suelo, vacía
Mira
la cartuchera que cuelga de la silla.
Saca
el móvil del abrigo.
¡Arancha,
no me falles!
¡Arancha,
necesito tus besos!
¡Susana,
ven!
No
encuentra el número de Arancha, Sacude el móvil. No está en la
A de Arancha, está en la P, de Pérez, Aranzazu.
Llamada
pérdida.
El
alcohol le sale por la comisura de los labios. Añade otra mancha a la camisa
mojada.
-
Coge el teléfono, Arancha.
-
¡Coge el teléfono, maldita seas!
-
¡Zorra, coge el teléfono!
Llamada pérdida.
“El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura, Inténtelo más
tarde”.
Tira el terminal
contra la pared. La carcasa sale por un lado, la batería hacía el otro.
-Susana, ¿dónde
estás?- Susurra, y rompe en un llanto desconsolado, un llanto de alma rota.
Arancha le quita
la corbata a su marido. Han aparcado en un camino cercano al monte, entre las
sombras de los árboles y la oscuridad. Echa el respaldo del asiento hacia atrás
y se remanga las faldas.
Hace rato que se
ha quitado la ropa interior. Se la ha acercado a la nariz, y le ha puesto la
mano en la entrepierna. El pie se resbala del acelerador. Copulan como
adolescentes dentro del coche. Mañana, él vuelve a la carretera.
Apoya la cabeza
entre las manos. Todo su cuerpo se estremece en un vaivén sin fin-
Muerte, sangre,
cuerdas, senos apuntados,…
Agua, lluvia,
lluvia.
Huele a sudor, a
borrachera, a humedad, a vomito. Colgada en la funda está su salvación.
Nunca había
vuelto a disparar. Tuvieron que obligarle para que renovara el permiso de
armas. Ella estaba allí. Ella no le había abandonado.
Imaginaba el
frío cañón contra el bajo de su mandíbula, para que no rebotase en el hueso.
Trayectoria de entrada y salida. El techo manchado con parte de su cerebro, resbalando
por la pared. ¿Le preocuparía a alguien?
¿Alguien lloraría por él?
Se veía en la
camilla de la Morgue, con una etiqueta en el dedo gordo. ¿Llorarían sus hijos?
¿Lo sentiría Susana? ¿Qué diría Arancha?
Las dos botellas
rodaron cuando se levantó. Puso la mano en la cartuchera. Ella no se iba. Ella
permanecía. Ella nunca le había abandonado.
La sopesó en su
mano izquierda, la acarició con la derecha. Las lágrimas no le dejaban ver.
Un disparo

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por dejar tu comentario.