Cada vez que la
mira, se le llena la boca de saliva. Un cosquilleo de deseo se apodera de él.
-
Es imposible que me hallas olvidado, que no sientas nada
por mí.
-
Hay un error en los presupuestos. Contabilidad ha
revisado las cuentas del trimestre pasado. Le traigo la corrección para que la
firme.
-
¿Por qué no me contestas a los emails?
-
No me tortures más. Este es mi trabajo. El caso del que hablas,
ya está cerrado y archivado. Por cierto, ¿qué tal la vida como abuelo?
-
Cuando lo tenga firmado, te llamo.
Le
temblaban las manos de ira, nadie le rechazaba de esa manera. Se levantó del
sillón. No era un anciano.
Un
washap de su mujer.
-
¿Vas a venir a comer?
Siempre
el mismo tema, si vienes hago comida si no me voy a casa de la niña a cuidarla.
Las mujeres son animales previsibles, ¿por qué no se preocupa por mí, en vez de
ese mamoncete?
-
Sí, prepara algo rico.
-
Un
agradable aroma a café sale de la cocina. El se marchó de madrugada, dejando
una rosa en el hueco de su almohada.
Hoy
no tenía que ir a trabajar. Cogió la taza con las dos manos y se la acercó a
los labios. Estaba muy caliente, era agradable dejarse embriagar por la ensalada
de sensaciones.
Su
piel estaba sudorosa, aún conservaba los efluvios de su marido. Era un hombre
demasiado basto que estaba aprendiendo a ser un caballero. Nunca hubiese creído
que se esforzaría tanto para hacerla feliz.
Lo
malo es que la mayoría del tiempo estaba sola. Cuando volvía del trabajo, ya se
había ido la chica de la limpieza, la comida estaba en el microondas y las
paredes la recibían con un vació silencio.
Delicioso
el perfume, tenía uno de esos nombres amanerados que nunca recordaba, pero que
le encantaba como invadía todos sus
poros Se quitó las zapatillas, aún tenía
las uñas de los pies perfectamente pintadas, de ese rosa lacado, que tanto le
gustaba a Paco.
Mañana
tendría que quitarse la laca de las manos, pero hoy las dejaría para ver el
contraste en la piel de Paco.
Su
móvil está fuera de cobertura. No le voy a llamar a la comisaría, Andrés le
gusta hacer comentarios soeces, y no tengo ganas de que le lleguen a Manuel.
Busca
el último número de Cosmopolitan y lo hojea. Lo lanza contra el sofá y vuelve a
llamar.
Supongo
que se habrá enfadado conmigo. No creía que fuera tan estúpido. Sabe que si no
le cojo el teléfono, es porque está él.
Me
muero de aburrimiento. O está muy ocupado o muy mosqueado.
Nadie
recuerda que Olmos llegará tarde, o que no llegara.
Alguien
sugirió que lo tapasen con el comisario, pero no había nadie dispuestos a
arriesgar nada por Olmos.

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