CAPITULO X
Don
Fermín seguía sentado en la misma mesa de siempre, tomaba un café con porras,
mientras observaba a los parroquianos que entraban en el bar. Siempre estaba
escandalizado. La vida actual le aterraba. Todo estaba fuera de su sitio, ni
siquiera Dios tenía poder para amedrentar a estas ovejas.
Debía
tener 15 años cuando se fue al internado de los Salesianos y terminó en el
seminario pocos años después. Era maravilloso todo estaba bien, una cosa para
cada sitio y un sitio para cada cosa. No importaba mucho si era o no justo,
pero todos sabíamos lo que teníamos que hacer. Ahora, todo es discutible, todo
está impregnado de una herejía continúa,
hasta el propio Papa no se muere y pasa las sandalias del Pescador a un
franciscano con voto de pobreza, ¡inexcusable!
-
¿Qué, don Fermín? De vuelta del Oficio.
-
Parece como si le hubiese pasado una excavadora por
encima, inspector.
-
Casi. Me enfrento a un grave problema y no tengo ni idea.
No me mandan a nadie, los informes del laboratorio son terriblemente lentos y
no tengo ninguna pista sobre el caso.
-
Lo entiendo, he oído decir que ha sido algo monstruoso.
-
Muy cierto. No le puedo dar detalles porque está bajo
secreto de sumario, pero nunca me había encontrado en una encrucijada así.
-
¿Sólo es el trabajo? Parece como si hubieses desayunado
whisky con café.
-
Es el trabajo, es la maldad de la gente, es una cama sin
hacer con las sábanas húmedas,…
-
Vamos, cuéntame. En Dios siempre podemos encontrar
consuelo.
-
-¿Dios? Se olvidó de mí, desde el día que hice la
Comunión. Nunca le he necesitado ni Él a mí. He sabido pelear cada día contra
mi destino pero la maldad de estos días, me sobrepasa.
-
No blasfemes. Dios nunca te ha olvidado, te ha permitido
que utilices tu libre albedrío, pero siempre está cuando lo necesitamos.
-
¡No me diga! ¿Dónde estaba cuando mataban a esos chicos?
¿Dónde cuando ellas gritaban mientras las torturaban? ¿Dónde, cuándo me dejo
Susana?
-
Una confesión te hará bien.
-
Lo que necesito es una botella de whisky
-
¿No digas eso? Acompáñame a la Iglesia, para que puedas
confesarte como Dios manda.
Paco Olmos, le
mira, hace una mueca, saliendo del local sin decir adiós.
Este cura era un
hijo de puta, no veía la manera de enterarse de todo, como una arpía vieja
cotilla. Quiere mi confesión para saber mis miserias. Es bastante con que las
sepa yo.
Hoy Arancha se
ha marchado con su marido, cenarán, bailarán y follarán. Yo, aquí, escuchando a
don Fermín y haciéndome preguntas sobre algo que cada vez entiendo menos.
¿Por qué tarda tanto el laboratorio? ¿Por qué
no hemos encontrado ni una sola pista? ¿Por qué nadie ha reclamando los
cadáveres?
Todos me miran,
todos creen que yo tengo la solución, pero no, ni siquiera puedo pensar con claridad.
Entró en el
colmado, compró dos botellas de whisky barato. Daba igual un Chivas que “Pis de
gato”, tan sólo quiero escapar, al menos un minuto.
-¡No sé nada!-
gritó al aire como si este pudiera oírle.
Se sentó en la
plaza, justo en el momento que volvía a llover. Lluvia, lluvia, lluvia. Este
país había perdido el sol en una timba de mafiosos.
Miró la
escultura de los caballos, ¡ojalá fuera una bestia como aquellas! Inconsciente
de su futuro y de su presente.
Empezó a notar
que el abrigo se calaba, se incorporó con pereza, recogió las botellas del
suelo.
Don Fermín
pensaba en el inspector. Pocas veces había visto a un hombre tan hundido. Le
corroía la conciencia por no haberle acompañado, parecía tan triste. Debería
haber sido más insistente. Aunque de todas formas no sabía como podría haberle
ayudado. Se escapaba de sus márgenes, de su mundo perfecto en el que todo debe estar
es su lugar. Los policías debían proteger, y no presentar tanta debilidad. ¿Cómo
podría nadie confiar en que cumpliría con su obligación?